2.- Confesión

martes 2 de junio de 2009



Todo comenzó el día de mi cumpleaños número cincuenta, me estaba arreglando para ir al restauran a festejarlo con mis amigas, solo a las que sus maridos las dejaban ir. Yo no rendía explicaciones a nadie. Mientras me pintaba los labios observé esas arrugas en el labio superior que obviamente las traía hace mucho, pero no las había visto así, tan… tan marcadas. El espejo también reveló lo que el paso del tiempo había hecho a mis ojos, la papada, los pómulos, las grasas, las celulitis, las varices y sentí ganas de investigar todo mi cuerpo. Me desnudé completamente. Esa, frente al espejo, no era yo.
Me dieron ganas de encerrarme en mi casa y no salir más a la calle. Me senté en la cama y mis recuerdos me arrastraron a intentar descubrir la ecuación que me ayude a resolver el misterio de dónde, cuándo y porqué se me había pasado tan rápido la vida.
Culpé a esos seis años lanzados a la basura con Roberto. Pensar que creí que un hombre puede ser diferente a los demás. A esos días primaverales cuando no quise tener novio fijo y con aquel cuerpo juvenil elegía con quién acostarme. O en la estúpida fantasía de irme como enfermera a África. Quizás perdí mi tiempo en el bachillerato, quería que terminaran de una vez por todas. Era privado, católico y exigente. O tal vez en la primaria entre el elástico, la rayuela y el querer ser grande, tener hijos y un marido fuerte y hermoso. No estaba segura de si todos esos recuerdos los había vivido o soñado.
En esos cinco minutos, tal vez más o tal vez menos, pasaron en mi cabeza como diapositivas un fugaz repaso de mi vida y después me tope con una especie de pared. Veía allí, apilados, mis complejos, mis problemas, mis malas decisiones, mis errores. Se presentaba un nuevo dilema ante mí. Una nueva toma de decisión. ¿Qué hacer con esa pared que se imponía frente a mí? Reconozco que sentí más que nunca mis cincuenta años con mis limitaciones.
Me puse de pie, me perfumé y atravesé la puerta de mi casa. Cincuenta años es solo un numero, mi vida fue lo que fue, esa magnánima pared que estaba frente a mí, era justamente para atravesarla no para quedarme mirándola.




Elisa, la camarera

martes 26 de mayo de 2009

Hacía cuatro semanas que buscaba empleo. Se levantaba a las nueve de la mañana, compraba el periódico, marcaba todos los trabajos que le parecían interesantes. Luego llamaba, acudía a las entrevistas concertadas y nada. No estaba mal de dinero, sus padres le giraban cada mes desde Madrid una suma respetable, pero ella quería lo suyo. Al principio era bastante selectiva, pocas horas, de mañana, trabajo cómodo, cerca de su domicilio y bien pagado. Terminó aceptando el primer trabajo que le salió, en un restauran, aunque solo duró tres días.
Volvió a los anuncios. La sedujo otro de camarera, para el que pedían solo buena presencia y ofrecían excelente sueldo. Acudió a la entrevista. Comenzaba al día siguiente. El sitio era un club nocturno con hombres bien vestidos, chicas bailando sobre las barras, mucha clase, mucha música, mucho humo, mucho sexo, pero su trabajo era servir copas. En la entrevista le habían aclarado “no vas a hacer nada que no quieras” y para ella era una cláusula sagrada.
Poco a poco, entendió que debía adaptarse al ambiente y se tuvo que vestir con una falda muy corta, una camiseta que mostraba los hombros y peinada a lo salvaje. A la vez, su mayor regocijo y hasta la justificación de seguir en ese empleo, se debía a la presencia de un joven de unos 35 años que frecuentaba el lugar, pero nunca se lo veía con chicas. De forma involuntaria, siempre terminaba buscándolo por todo el local, aunque cuando sus miradas se cruzaban, su timidez le ganaba la batalla al coraje y agachaba la cabeza. Él percatándose de la situación se acercaba lento a la barra a buscar su whisky de cada día.
—¿Sabes lo que quiero? —dijo una de esas noches.
—Un whisky con hielo —contestó ella.
—Sí. Muy bien ¿Sabes cuál es mi curiosidad?
—No.
—Intenta descubrir que me gustaría saber…
—Mi nombre, tal vez...
—Por favor. El mío es Carlos.
—Elisa.
—Mira, Elisa, voy a ser muy sincero contigo. Como verás, vengo muy seguido y siempre me siento en un rincón, solo, con mi whisky. Hace muchos meses que no cambio esta rutina. Pero hoy, algo me hizo romperla, contra mis principios y mi voluntad ¿Sabes por qué rompí mi rutina?
—Por… por mí —dijo con una voz resquebrajada que intentaba ocultar su euforia.
—Exacto ¿Sabes qué es lo que me llamó la atención de ti?
—No. No sé.
—Prueba. Trata de decirme qué me podría haber gustado de ti.
—No sé. Tal vez... no sé.
—Por favor...
—Está bien —dijo apoyándose sobre la barra, pretendiendo ocultar el temblor de sus manos—. Tal vez, mis piernas. Aunque no creo, porque como estoy detrás de la barra, no creo que me hayas visto las piernas.
—Claro que sí. Nunca vi unas piernas tan perfectas.
—Estuve dudando si ponerme esta falda. Tenía otra más larga, también otra de color verde militar. Pero no. Me decidí por esta. Veo que no he hecho mal.
—Perfectas. Perfectas —la interrumpió Carlos.
—Siempre pensé que algún día alguien se interesaría por mis piernas, pero hasta hoy nadie me había dicho nada.
—Escucha, Elisa. Aquí hay mucho ruido. Me agradaría poder hablar más íntimamente. Ambos sabemos que hay habitaciones para estar más tranquilos. Buscamos al encargado y le pedimos la mejor ¿Qué te parece?
Elisa se quedó paralizada, no sabía que hacer. Si bien se moría de ganas, ella no era una prostituta. Lo tenía bien claro, si lo hacía era por placer, no por dinero.
—Disculpa, Carlos —dijo Elisa—. Tal vez me has confundido, pero yo solo trabajo de camarera, nada más.
—¿Cómo? O sea que no vamos a la habitación.
—Es que yo, solo estoy para servir copas.
—Si quieres, hablo con alguien para que te dejen venir. No creo que tengan problemas. Además soy un buen cliente y nunca he pedido nada. Ah, claro. Ahora entiendo ¡Qué tonto! Mira, te hago el siguiente planteo. Veo y en-tiendo que no eres como estas chicas. Pero me gustaría pasar a la habitación contigo, aunque no hagamos nada, para hablar más tranquilos. De todos modos, pago lo que haya que pagar, por el dinero no hay problemas.
A los diez minutos, estaban revolcándose en la “suite empresarial”, la habitación más cara del bar. Elisa se admiró de la perfección del cuerpo de Carlos, y estuvieron tres intensas horas donde todo valía, primero con muchas caricias, ternura, suavidad; después con fuerza, pasión, energía. Y por último, un baño relajante. Elisa no podía creer la gran aventura que había tenido, pensaba que todo había pasado gracias a su falda corta y a sus seductoras piernas. Recordaba que, encima de todo, estaba en horario de trabajo y eso le provocaba una carcajada estrepitosa.
Se había hecho la hora de cerrar, el encargado se acercó a Elisa. Le pagó lo acordado, más un dinero extra que le correspondía por su aventura. Ella iba a decirle que no era necesario, que lo había hecho con gusto. Pero no. Se encogió de hombros y tomó el dinero.
Al día siguiente, acudió nuevamente a su trabajo con una sonrisa como hacía mucho tiempo no tenía. Entró al local. Fue a su barra, buscó en el rincón a Carlos y allí estaba con su vaso de whisky. Suspiró. Sonrió. Pero él no la miraba. Los minutos se hacían eternos, no dejó de clavar la mirada en Carlos, sin encontrar respuesta. Se puso de espaldas a la barra y limpió sus lágrimas con un pañuelo.
Se le acercó una de las tantas chicas que trabajaban en el bar.
—Hola, Clara —dijo Elisa—. ¿Por qué no vi-niste ayer?
—Mi hijo. Se encontraba mal. Pero por suerte ya está bien.
—Mejor así —contestó distraída Elisa sin dejar de observar al rincón.
—Por lo que noto, estás mirando mucho a Carlos —agregó Clara—. Te advierto que ese hijo de puta es amigo íntimo del jefe y fue el que me inició en todo esto, haciéndose el romántico, hace un año cuando empecé detrás de esta barra con la idea de solo servir copas. Cuando Clara se alejó de la barra, Elisa quiso romper a llorar, pero sus lágrimas estaban contenidas por un enorme odio. Fue al baño, con sus manos se arregló el cabello, se pintó los labios de un rojo intenso. Si acostarme con ese hombre —pensó— fue un error bien remunerado, entonces, serán muchos los errores remunerados que vendrán. Se levantó más la falda llevándola a un límite peligroso, volvió a seguir sirviendo copas y dispuesta a coquetear con todo el mundo.

Enredado en su telaraña

miércoles 22 de abril de 2009

La conoció una mañana de primavera, caminaba hacia él con marcados movimientos de caderas que la distinguían de sus amigas. Los presentaron formalmente. En un primer momento la vio como una chica mas. Pero lue-go al entablar conversación, había algo miste-rioso en ella que lo volvía loco. Una mezcla de ángel y demonio. Pasaba de la absoluta timi-dez al descaro total. De la risa descomunal a la tristeza preocupante. Él, le mostró su sim-patía y caballerosidad y, sin dejar pasar el tiempo, después de analizarla detenidamente, utilizó la técnica de conquista más acorde con la situación. Ella la recibió con gusto.
Él siguiente paso fue la delicada oferta de sexo garantizado. Ella aceptó encantada.
Le vendó los ojos, le ató las manos, le decoró el cuerpo con nata, sistema que siempre le resultó eficaz. Ella disfrutó como hacía mucho tiempo no lo hacía. Llevando a la má-xima expresión ese dualismo interno. Explo-siones de placer intercaladas con desplomes depresivos. Luego, él la enjabonó, la bañó, la secó y la volvió a enjabonar. Le acarició con suaves movimientos su cuerpo desnudo, con tanto cuidado como si se fuera a romper. Comenzó a darse cuenta, que nunca había dis-frutado tanto.
No fue la única noche que pasaron jun-tos. Él se creó la necesidad de aportar a cada nueva aventura una nueva variante erótica. Ambos esperaban deseosos otro encuentro y cada vez que se despedían, lo hacían pensando cual sería la próxima sorpresa. Se habían qui-tado ese tabú que los llevaba a poder confundir la pasión con la pornografía o el morbo. Dis-frutaban sin más.
Pero el sexo tiene límites. Él lo sabía, tenía miedo de encontrarse con esa pared que le dijera basta. Pensando que podía perderla, cambió de rumbo. Él quiso conquistar su cora-zón, podía ser un caballero de esos que saben hacer sentir a una mujer como una verdadera reina. Escuchaba atentamente sus gustos y los cumplía al pie de la letra. La relación pasó de unas pocas horas de sexo a largos días de no-viazgo empalagoso. Ella en un principio estaba impresionada, guiándose por los supuestos va-lores de una relación ideal.
Y él fue más lejos aún, un día le dijo “yo te daré todo aquello que no se pueda com-prar y lo que ningún otro hombre te conse-guirá”. Le escribió sus mejores poesías. Le prometió hasta esas cosas que siempre supo que no debía prometer. Iba tejiendo así, cau-telosamente, una red. Estaba todo dispuesto para que cayera y nunca más pudiera salir de allí. Una espléndida telaraña.
Ella se sintió asfixiada por ese hombre. Cortó la tela con tanta simplicidad que él ni siquiera lo presagió. Escapó. Desapareció. No dejó rastros. Él peregrina aun buscándola por los más absurdos rincones y sin duda pasará su vida buscándola.












La Casa Tomada (Julio Cortazar)

jueves 27 de noviembre de 2008

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Elisa, la camarera

martes 25 de noviembre de 2008

Hacía cuatro semanas que buscaba empleo. Se levantaba a las nueve de la mañana, compraba el periódico, marcaba todos los trabajos que le parecían interesantes. Luego llamaba, acudía a las entrevistas concertadas y nada. No estaba mal de dinero, sus padres le giraban cada mes desde Madrid una suma respetable, pero ella quería lo suyo. Al principio era bastante selectiva, pocas horas, de mañana, trabajo cómodo, por la zona de Gracia, y bien pagado. Terminó aceptando el primer trabajo que le salió, en un restauran, aunque solo duró tres días.
Volvió a los anuncios. La sedujo otro de camarera, para el que pedían solo buena presencia y ofrecían excelente sueldo. Acudió a la entrevista. Comenzaba al día siguiente. El sitio era un club nocturno, llenos de hombres bien vestidos, chicas bailando sobre las barras, mucha clase, mucha música, mucho humo, mucho sexo. Su trabajo simplemente era servir copas. En la entrevista le habían aclarado “no vas a hacer nada que no quieras” y para ella era una cláusula sagrada.
Al tercer día de trabajo, entendió que debía adaptarse al ambiente y se tuvo que vestir con una falda muy corta, una camiseta que mostraba los hombros y peinada a lo salvaje. Cuando entraba un joven de unos 35 años, que frecuentaba el lugar, pero nunca se lo veía con chicas, era su mayor regocijo y hasta la justificación de seguir en ese empleo. De forma involuntaria, siempre terminaba buscándolo por todo el local, pero cuando sus miradas se cruzaban, su timidez le ganaba la batalla al coraje y agachaba la cabeza. Él percatándose de la situación, se acercó lento a la barra a buscar su whisky de cada día.
− ¿Sabes lo que quiero? −dijo él.
− Un whisky con hielo −contestó ella.
− Sí. Muy bien. ¿Sabes cual es mi curiosidad?
− No.
− Intenta descubrir que me gustaría saber…
− Mi nombre, tal vez...
− Por favor. El mío es Carlos.
− Elisa.
− Sabes, Elisa. Voy a ser muy sincero contigo. Como verás, vengo muy seguido y siempre me siento en un rincón, solo, con mi whisky. Hace muchos meses que no cambio esta rutina. Pero hoy, algo me hizo romperla, contra mis principios y mi voluntad. ¿Sabes por qué rompí mi rutina?
− Por… por mí −dijo con una voz resquebrajada que intentaba ocultar su euforia.
− Exacto. ¿Sabes qué es lo que me llamó la atención de ti?
− No. No sé.
− Prueba. Trata de decirme qué me podría haber gustado de ti.
− No sé. Tal vez... no sé.
− Por favor...
− Está bien. − interrumpió apoyándose sobre la barra, pretendiendo ocultar el temblor de sus manos− Tal vez, mis piernas, ya que me puse esta falda tan corta. Aunque no creo, porque como estoy detrás de la barra, no creo que me hayas visto las piernas.
− Claro que sí. Nunca vi unas piernas tan perfectas.
− Estuve dudando si ponerme esta falda. Tenía otra más larga, también otra de color verde militar. Pero no. Me decidí por esta. Veo que no he hecho mal.
− Perfectas. Perfectas −la interrumpió Carlos−
− Siempre pensé que algún día alguien se interesaría por mis piernas, pero hasta hoy nadie me había dicho nada.
− Escucha, Elisa. Aquí hay mucho ruido. Me agradaría poder hablar más íntimamente. Ambos sabemos que hay habitaciones para estar más tranquilos. Buscamos al encargado y le pedimos la mejor. ¿Qué te parece?
Elisa se quedó paralizada, no sabía que hacer. Si bien se moría de ganas, deseaba ir con ese joven tan apuesto y amable, ella no era una prostituta. Lo tenía bien claro, si lo hacía era por placer, no por dinero.
− Disculpa, Carlos –dijo Elisa– Tal vez me has confundido, pero yo solo trabajo de camarera, nada más.
− ¿Cómo? O sea que no vamos a la habitación.
− Es que yo, solo estoy para servir copas.
− Si quieres, hablo con alguien para que te dejen venir. No creo que tengan problemas. Además soy un buen cliente y nunca he pedido nada. Ah, claro. Ahora entiendo. ¡Qué tonto! Mira, te hago el siguiente planteo. Veo que no eres como estas chicas. Pero me gustaría pasar a la habitación contigo, aunque no hagamos nada, para hablar más tranquilos. De todos modos, pago lo que haya que pagar, por el dinero no hay problemas.
A los diez minutos, estaban revolcándose en la “suite empresarial”, la habitación más cara del bar. Elisa se admiró de la perfección del cuerpo de Carlos, y estuvieron tres intensas horas donde todo valía, primero con muchas caricias, ternura, suavidad; después con fuerza, pasión, energía. Y por ultimo, un baño relajante. Elisa no podía creer la gran aventura que había tenido, pensaba que todo había pasado gracias a su falda corta y a sus seductoras piernas. Recordaba que, encima de todo, estaba en horario de trabajo y eso le provocaba una carcajada estrepitosa.
Se había hecho la hora de cerrar, el encargado se acercó a Elisa. Le pagó lo acordado, más un dinero extra que le correspondía por su aventura. Ella iba a decirle que no era necesario, que lo había hecho con gusto. Pero no. Se encogió de hombros, tomó el dinero y al bolsillo.
Al día siguiente, acudió nuevamente a su trabajo con una sonrisa como hacía mucho tiempo no tenía. Entró al local. Fue a su barra, buscó en el rincón a Carlos y allí estaba con su vaso de whisky. Suspiró. Sonrió. Pero él no la miraba. Los minutos se hacían eternos, no dejó de clavar la mirada en Carlos, sin encontrar respuesta. Se puso de espaldas a la barra y limpió sus lágrimas con un pañuelo.
Se le acercó a la barra una de las tantas chicas que trabajaban en el bar.
− Hola, Clara−dijo Elisa− ¿Por qué no viniste ayer?
− Mi hijo. Se encontraba mal. Pero por suerte ya esta bien.
− Mejor así.−contestó distraída Elisa sin dejar de observar al rincón.
− Por lo que noto, estás mirando mucho a Carlos –agregó Clara− Te advierto que ese hijo de puta es amigo íntimo del jefe y fue el que me inició en todo esto, haciéndose el romántico, hace un año cuando empecé detrás de esta barra.

Carta desde Barcelona

jueves 18 de septiembre de 2008

Hola mamá:

¿Cómo estás? Espero que bien, antes que nada, te pido disculpas por no escribirte antes. Acá en España, la vida pasa muy rápido y entre el poco tiempo y mi poca voluntad. Ya ves. En fin. Seguimos bien, Ana, te deja muchos saludos, siempre se acuerda de vos, incluso fue ella la que me insistió para que te escriba. Tengo muchas cosas que contarte. No sé por donde empezar. Veamos. ¿Té acordás de Juancho? Iba siempre a casa a comer, vivía a la vuelta de la manzana, pegada a la casa de Don Lito. Se vino también a Barcelona, hace como dos años. Nosotros como habíamos conseguido alquilar un departamento con tres habitaciones, los alojamos a él y a su novia, Pepi, también de allá, vivía en el barrio San Martín. Bueno, con respecto al trabajo marcha todo excelente, siempre trabajando e incluso fuimos cambiando siempre para mejor. Hemos hecho viajes por toda España, es un país maravilloso tiene muchas cosas lindas, siempre hay algo diferente para ver y la gente siempre te recibe amablemente. En fin. Paso al motivo principal de esta carta. Antes que nada, quiero que sepas que ya está todo muy bien y somos muy felices. Ana, ha tenido un hijo, se llama Andrés, sí como yo. Es hermoso, muy despierto, ya tiene siete meses, está bien gordito y duerme todo el día, no molesta para nada, pero, tal vez es difícil de entender, no es tu nieto. No, mamá. Es hijo de Ana. Son cosas que pasan y ya se superaron. Todo bien. Ahora, no te amargues, porque yo también he tenido un hijo, con otra chica. Es hermoso, tiene unos ojos preciosos, es inquieto, súper activo, todo el tiempo queriendo hacer algo, se llama Juan. Como el abuelo. Aunque en realidad lleva ese nombre por Juancho. Cuando nos hicimos las pruebas de ADN. Que nos salieron bastante caras, por cierto, ya les habíamos puesto esos nombres. Así, que ya quedaron así. Mi hijo se llama Juan. Y el de Juancho se llama Andrés. Sé que todo esto es difícil que lo entiendas, pero no encuentro otra forma de decírtelo. La madre de mi hijo es la Pepi, la novia de Juancho. Esto parece a una telenovela venezolana, pero nosotros ya lo tenemos claro, que es lo importante. Yo amo a Ana y ella me ama a mí. No puedo recriminarle que me haya engañado con Juancho, porque yo también la engañé y ella con la Pepi. Fue una etapa rara y compleja, nos habíamos separados, las dos parejas y sin saberlo nos engañamos. Obviamente, Ana quiere estar con su hijo y yo no quiero abandonar al mío. O sea, que vivimos todos juntos, como una comunidad hippie. Je, je, je. Obviamente cada pareja tiene su propia habitación y por el momento los niños duermen en un moisés junto a nuestra cama. A mí lamentablemente me toca dormir con Andresito, el hijo de Juancho. Pero más adelante, como sobra una habitación seguramente enviaremos a los niños a dormir juntos allí.
Estamos planeando volver a Argentina pero se complica que podamos ir todos juntos, digo por los seis. Ya que si voy yo y llevo a Juancito, tendrá que ir la Pepi, porque ella es la madre, pero yo quiero ir con Ana, ella también tiene derecho a ir para enseñar a su hijo. En fin. Esperemos que pronto podamos volver todos.
Otra cosa. Pepi, la madre de mi hijo, conversando de todo un poco. Resulta que ella cuando tenía ocho años, fue adoptada por una familia que vive en el centro, en calle Urquiza, charlando sobre si conocía a sus padres biológicos resultó ser la hija de la tía Ofelia. Yo me acordé de la historia que me contaste de tu hermana, que al fallecer el tío Patricio, ella estuvo muy mal y antes de suicidarse, dio en adopción a la pequeña Giselita, bueno, ella es la Pepi. O sea, que somos primos hermanos. Claro, que a esto lo descubrimos después que nació Juancito.
Bueno mamá, prometo escribirte más seguido y espero pronto ir a enseñarte a tu nieto. Te quiero mucho, mucho. Te mando unas fotos de una asado que hicimos acá. Yo tengo en brazos a Andresito, el hijo de Juancho, que tiene la camiseta de Boca. Y Juancho tiene en brazos a mi hijo, Juancito, que sin duda, tiene la camiseta de River, de chiquito lo voy haciendo inteligente. Je, je. Un beso grande. Saludos al viejo, vos sabrás como contárselo sin que enoje mucho. Hasta pronto.

Andrés.

Homicidio Simple

martes 12 de agosto de 2008

Claudio Bonete, se quitó el cuchillo que le había atravesado el estómago y con la misma arma corrió detrás de su agresor. Después de unos 250 metros, viendo que no lo podía alcanzar le arrojó el mismo cuchillo sin darle alcance. La futura arma homicida quedó en el medio de la calle sin que ningún transeúnte fuera capaz de juntarla. Dio media vuelta y se encontró con sus amigos que llegaban corriendo, tardaron en reaccionar ante el episodio. Éste, los hizo detener.
- ¡Paren! ¡Paren! Se me escapó el hijo de puta. Pero ya lo voy a agarrar. Si o si, va a terminar pasando por esta calle.
Cuando sus amigos vieron la sangre que salía debajo de su mano y que inútilmente buscaba tapar la herida, hicieron que se sentarse recostándolo sobre la pared de una casa. Dos intentaron parar un taxi que los esquivó y salió a gran velocidad. Los autos ya casi no pasaban por aquella calle. Golpearon todas las puertas de las casas y pedían a gritos que alguien llamen una ambulancia. Un vecino abrió la puerta y dijo que ya lo había hecho. Luego de unos cuarenta minutos llegó una ambulancia y cargaron a Claudio que repetía sin descansar que estaba bien, que no era nada y que pronto estaría bien para vengarse de Panchito. Uno de sus amigos se subió con él y los otros salieron corriendo para el hospital donde iba a ser trasladado. Cuando llegaron, ya estaba muerto.
Por otro lado Francisco “Panchito” García, fue hasta la comisaría más cercana y sin saber que Claudio ya estaba muerto, denunció ante un inexperto cabo de guardia, que no estaba seguro de cómo encarar dicha denuncia, optando por hacerla en un borrador y luego consultar con su superior. Panchito empezó a contar con efusividad y nervios lo que había acontecido.
- Llegó mi hermanito Manuel a casa llorando. Había dejado la bicicleta tirada en el suelo y se agarraba las costillas. Mi mamá intentó levantarle el brazo para mirarlo bien y pegó un grito que nos asustó mucho. Según mi madre tenía las costillas rotas. Le pregunté que había pasado y dijo que fueron los “matasapos”, el que le pegó la patada fue Claudio. Yo llevaba mi cuchillo en la cintura, como siempre andamos por este barrio y salí sin pensarlo mucho. A una cuadra y media los vi reunidos en su esquina, tomando vino y cobrando peaje como siempre a todos los que pasan por allí. Cuando me vieron venir el primero que salió haciéndose el guapo fue Claudio. Traía una botella vacía de cerveza en la mano. De lejos ya me gritaba. No entendí muy bien que me decía. Cuando estábamos cerca yo le dije que no molestara más a mi hermano y que si lo llegaba a tocar de nuevo lo abriría al medio como a un pescado. Él me tiró con la botella y yo traté de esquivarla pero me dio en el hombro. Cuando quise mirar vi que se me venía encima como un toro, me agaché. El siguió de largo cayéndose al suelo. Se levantó y se me vino de nuevo. Yo, saqué mi cuchillo y se lo ensarté en la panza, pero cuando quise sacarlo, él me dio una trompada que me tiró para atrás. Cuando veo que se quitó el cuchillo empecé a correr y acá estoy.
El juicio se llevó a cabo luego de un año y diez meses. En la realización de los alegatos, el fiscal de Cámara había solicitado la pena de seis años de prisión porque entendió que la actitud de García cabía en la figura de “Exceso en la legítima defensa”; por su lado el abogado defensor reclamó la absolución porque consideró que actuó en defensa propia.
El tribunal de la Sala I en lo Criminal escuchó a Francisco “Panchito” García, de 22 años, que compareció acusado del delito de Homicidio Simple. Tuvo que explicar que apuñaló con un cuchillo a Claudio Bonete, en defensa propia. El acusado se limitó a relatar, como tantas veces había hecho, lo sucedido aquel día.
Luego llegaron las declaraciones de los testigos de ambas partes, con varias contradicciones de ambos lados, pero todos destacando que el grupo reunido en la ya famosa calle, cobraba y cobra peaje. También prestaron testimonio el jefe de la comisaría local, el cabo que intentó tomar declaración a García y el medico forense, quien realizó una pormenorizada y explicita información de los datos arrojados en la autopsia.
Fue necesario también la realización de un careo para aclarar una serie de datos contradictorios entre testigos de ambas partes, que no arrojaron respuestas definitivas.
A los nueve días el tribunal de la Sala I en lo Criminal, acabó de absolverlo de culpa y cargo del delito de Homicidio Simple a Francisco García, que tuvo como victima a Claudio Bonete, por considerarlo que actuó dentro de la “Justificación de Legitima Defensa”.
Los familiares de Panchito festejaban y se abrazaban. El abogado defensor saludaba también a sus amigos que habían acudido a verlo como si se tratara de una obra de teatro. Los familiares y amigos de la victima con caras largas abandonaban la sala. El tribunal se levantó mirando la hora. En medio del tumulto y el cuchicheo, Francisco “Panchito” García, seguía sentado en su silla de acusado sin realizar ningún gesto.
- ¡Señores! ¡Señores! –dijo Francisco levantado la voz y dirigiéndose al tribunal que lo miró sorprendido. – No entiendo. ¿Que pasa?¿Adónde van?
- ¡Te absolvieron! ¡Sos libre! – dijo el abogado percatándose de la reacción de su defendido y brindándole una sonrisa igual que dos miembros del tribunal ante la cara de miedo de Francisco.
- Pero. No entiendo. ¿Cómo que yo no fui? Yo maté a Claudio. No fue queriendo, pero lo maté. ¡Yo lo maté!
El tribunal se apresuró a salir y el abogado lo tomó de los hombros y empujándolo, lo llevó hasta la salida donde sus familiares se agolparon para abrazarlo.