Cuando sea grande quiero ser...

Me levanto a las 6.50, como cada mañana cuando tengo que trabajar. Es la rutina a la que me he acostumbrado, y eso que odio ser rutinaria. Me mantiene conforme, la esperanza de creer que hoy puede ser un día diferente. Me ducho. Busco la ropa que voy a ponerme, nunca la dejo preparada el día anterior, es una estúpida treta de improvisar algo. Despierto a mi marido al encandilarlo con la luz que busca perforar en sus ojos cerrados, “Tengo que prenderla, no tengo un visor nocturno”- contesto a su mirada amenazante. Siempre me cuesta decidirme, a veces estoy parada frente al ropero hasta quince minutos, pensado en tomar la decisión adecuada. Decisión, para mí, existencial. Mi vestimenta refleja mucho, mi estado de ánimo, mis deseos, mis ambiciones, mis sentimientos, refleja mi ser. A todo esto, mi esposo dando un salto que lo lleva a sentarse en la cama, me dice superando el nivel de voz tolerable en este horario, “¡Dale boluda! ¡tanta luz parece un parto! ¡andá a elegir la ropa al comedor y dejame de joder!”. No contesto, primero porque debería darle explicaciones, como que es imposible ir a pensar que ponerme en el comedor, sí la ropa esta acá; segundo, que no tiene ni idea de lo que es un parto, tercero, porque lo hago un poco a propósito, ya que él duerme dos horas más que yo. Continúo con la elección, me visto y marcho hacia la cocina. Caliento agua para tomar unos mates, que esta vez acompaño con unas galletitas con dulce de leche, siempre preparo cuatro sobre un plato, pero tengo la costumbre de comer una más antes de guardar todo, cuando he intentado hacer cinco galletitas, igual como otra más. Ansiedad controlada o casi. Me siento frente a la puerta ventana que da al balcón y de fondo a los patios y balcones de los demás edificios, algunos departamentos con luces encendidas, en el resto, la negra oscuridad inspira una especie de tranquilidad, paz, sueño. No ladra ningún perro, no canta ningún pájaro. Un temblor sacude los vidrios. Debe ser un camión. Miro al vacío, amanece poco a poco. Pienso, en que nunca pienso en nada, aunque seguramente estoy pensando en algo y no quiero admitirlo. Ningún problema puede afectarme en estos minutos de relax. En fin. Todo acaba siendo un ingrediente más del interminable circo cotidiano. Despido a mi marido con un beso en la frente y otro en los labios. Salgo del edificio donde vivo a las 8.15, me choco con la misma gente de siempre, y cuando llego a la esquina, como si se tratase de un programa inalterable, me sacude la misma intriga... Cuando tenía catorce años, ¿qué quería ser cuando sea grande? (Digo catorce años por no decir trece, ni quince, y para redondear porque me gustan más los números pares) No lo recuerdo. Catorce es una edad en la que debería recordarlo fácilmente. ¿Y si lo qué pensé no se cumplió? ¿Y si no lo recuerdo justamente porque trato de olvidar que fracasé?
Entre pensamientos y pasos firmes, voy acercándome al irremediable e inescapable (no sé sí existe esta palabra, pero se entiende igual) espacio laboral. Empiezo a conectar con el trabajo. Será la responsabilidad que me condena y me obliga a ir repasando lo que debo hacer en el día, pero a la vez, tengo la impresión que otra cosa podrá suceder, algo inesperado, algo que cambie el sentido del tiempo, no sé, algo diferente, algo que nunca pasa y que siempre espero.
El trayecto al trabajo, lo hago inconscientemente, ni siquiera sé por donde voy, no me detengo a mirar los nombres de los negocios, las calles, las personas. No, ahora ya no, conozco de memoria cada detalle, el tipo del maletín que está esperando el colectivo, siempre con su cigarrillo. La vieja de pelo amarillo, que también espera, con sus crecimientos donde sobresale ese negro imposible de ocultar. El pibe de la bicicleta, que pasa haciendo ese ruido molesto, y puedo seguir enumerando muchas cosas más. Siempre el mismo paisaje, y pensar que le di la razón en reiteradas ocasiones a una amiga que vivía en el campo y me decía que estaba aburrida de mirar por la ventana y ver siempre lo mismo. El mismo sol, los mismos árboles, las mismas vacas, el mismo gallo. Si lo tuviera enfrente, le reclamaría justamente “lo mismo”. Es como si todo se repitiera en distinto lugares, distintos personajes, distinto escenario, pero igual sensación. Algo así como esas películas viejas, rodadas en blanco y negro, que las agarra un nuevo director de estos con mucho dinero y hace una nueva versión, le cambia algunos detalles del guión, pero el final no cambia. Pero, ¿por qué estoy hablando de esto? No importa. En unos minutos ya voy a llegar a la escuela. Es más, en exactamente unos nueve minutos, me sentaré junto a Mariana, saludaré a Lucía, le diré a la profesora de Inglés que no he estudiado y me quedaré pensando “¿Qué me gustaría ser cuando sea grande?”