El día oprimía con su color gris aplomado. Como si hubiese una tormenta tropical que deja todo lo visible, oscuro y amenazante. Las aves revoloteaban inquietas, se atacaban unas a otras, se mataban. Una extraña sensación invadía los corazones, presionándolos, provocando un dolor lento y persistente. Las personas iban y venían con rapidez, furia y agobio, como siempre en las grandes ciudades: se insultaban, se gritaban, se empujaban. Y él, que todo lo percibía, que todo lo afectaba, presagiaba la calamidad y se mantenía abandonado en su habitación, postrado en su cama, en su asfixiante pocilga, la única ventana que contactaba con el exterior, anticuada y mohosa, estaba cerrada. La puerta de un roble antiguo se movía y avanzaba intimidando. El techo, plagado de manchas de humedad, caía aplastándolo todo. El calor ya era insoportable, sofocante. El pecho ardía a cada deseo de respiración, asma incesante, desesperado intento de respirar un aire sucio y viciado, una aire que ya no había. En la inconsciencia, batallaba entre el sueño y la realidad. Gotas de secreción bajaban de sus sienes, su frente sudaba empañando sus ojos que se abrían y cerraban tratando de expulsarlas. Sus miembros se movían con golpes de reflejos y sacudones hacia un vacío muy vacío, un vacío que dolía. El estado febril aumentaba irremediablemente. Sus uñas rasgaban su garganta, no se libraría del ahogo, de la congoja. La habitación ya estaba en llamas, el fuego crecía, el rojo se va comiendo al amarillo. Una hoguera. Le quemaba su cuerpo. La carne no se chamuscaba, se derretía y caía de a pedazos, formando una sombra alrededor del decadente cuerpo, como si fuera de cera. La ventana luchaba por abrirse, como si sintiera compasión por ese ser humano que desfallecía sin importarle a nadie. Una atrevida ráfaga de frescura, bajó de las cimas de las montañas, se abrió camino y alcanzó su rostro pálido y demacrado, lo acarició como madre a su hijo enfermo. Él, lo notó. Sonrió. Una sonrisa que no recordaba la ultima vez que se dibujara en esa boca. El viento se contrajo y la ventana se cerró bruscamente. La misma sonrisa que impresionó a todos los curiosos que fueron a ver el cuerpo de aquel desconocido, después de cuatro años aproximados del deceso.
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