Viniste a buscarme, yo estaba sentado en un banco de una plaza, no importa que plaza, ni tampoco que banco. Sabía que vendrías, aunque no estaba esperándote. Oí tu voz como una campana de iglesia que llama a sus fieles. Dejé el periódico a un costado del banco y me puse de pie, solo tenía que dejarme llevar. Caminé con paso firme, decidido y esperanzado. Vi tu cabellera ondulada que desprendía un rojo fuego, giraste en una esquina, aceleré mi marcha. Grité tu nombre, aunque no sabía que lo sabía. Te detuviste. Dudaste en girar tu cabeza para mirarme, pero sentiste que estaba ya a cinco metros detrás de ti. Yo también me detuve y espere. Espere con nerviosismo. Me preguntaba cuál sería tu reacción al verme, si sentirías lo mismo que yo.
Con tu sonrisa me alcanzó para que te siguiera, de momento. Caminabas balanceando tu cuerpo con tanta armonía y música que parecía que todo el mundo bailaba tu compás. Cada tanto hacías un medio giro y volvías a hechizarme con otra sonrisa. Creo que yo ya ni caminaba, levitaba siguiendo tu estela. Y entraste en un portal, me miraste fijo y me cerraste un ojo, dejaste la puerta abierta. Luchaba por ocultar mi deseo, mi pasión, casi desesperación. Quería tomarte con fuerzas, alzarte y arrojarte a una cama y tocarte y amarte. Subiste unas escaleras, te asomabas por la barandilla para ver si yo te seguía, por supuesto que lo hacía. Unas escaleras caracol, con grandes ventanales donde el sol dejaba colores vivos por los dibujos que ilustraban los vidrios. Estabas cada vez más cerca, quizás yo iba demasiado rápido, o quizás tu ibas muy despacio. “Un momento. Cierra los ojos”, fueron tus primeras palabras. Obedecí. Cada segundo eran puñaladas. No pude aguantar más y abrí mis ojos. Subí los escalones con mucho cuidado y te vi. Sobre la escalera. Sentada. Un pie en unos escalones más abajo y el otro hacia el costado, tu falda larga, levantada completamente sobre tu cintura y nada más. Una camisa desbotonada completamente y nada más. Tus brazos extendidos y tu cuello llamándome.
En el preciso momento de lanzarme como perro de caza, quedé inmóvil. Mis manos caían pesadas a mi costado. Estaba paralizado y tu llamándome a poseerte. Desnuda, maravillosa, celestial y yo, estático. ¿Qué me está pasando? ¿Qué es esto? ¿Quién puede tener tanta maldad para hacerme algo así? ¿Quién? Me pedías que avance, tu canto me enloquecía como las sirenas a los marineros. Tu cuerpo me reclamaba. Me desperté exaltado. Mi corazón golpeaba dentro de mi pecho. ¡Que angustia! Tenía la horrible sensación de tenerte tan cerca y no poderte alcanzarte, como algo que intentas tener en las manos y lo aprietas con fuerza para retenerlo más, pero se escurre. Se pierde, se va, desaparece, pero no se olvida.
1 comentarios:
Que bueno este relato, me gustó mucho
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