Casablanca

Año 1943-Mientras estallan por todas partes las bombas de la segunda guerra mundial, una historia de amor nace en Casablanca. Marruecos. Una ciudad donde se entraba fácilmente pero no se podía salir. Muchos de los residentes esperaban y mataban por un salvoconducto que los llevé a Lisboa, un paso hacia Estados Unidos, la libertad. Los nazis buscaban al líder checo y héroe de la resistencia Víctor Laszlo (Paul Henreid) quien tiene como única esperanza a Rick Blaine (Humphrey Bogart) el dueño de Rick’s Café, quien no arriesga su vida por nadie. Pero Víctor viene acompañado de Llsa (Ingrid Bergman) una antigua amante de Rick, quien tendrá que decidir entre su propia felicidad o el idealismo y las infinidades de vidas que podrá salvar.

Obviamente es el argumento de aquella legendaria película, como ya se habrán dado cuenta. Es imposible no recordarla, cuando nos dicen “Casablanca”. Todavía no sé porque utilizo esta introducción para contar la historia de Mohamed. Quizás, porque es lo primero que le dijimos cuando lo conocimos. Quien como muchos chicos de su edad solo tenía una cosa fija en la cabeza, llegar a Europa. Se destacó rápidamente del resto de sus amigos, por ser un hombre de acción, decidido y capaz de todo. Creció escuchando los rumores de la vida en España, Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, etc. Contadas por los familiares y amigos que volvían a visitar sus viejas casas, cargados de dinero y de felicidad. De pequeño le decía a su familia que se iría a España cuando sea grande. Claro que ellos reían y hasta le alentaban irónicamente. Mohamed, en ocasiones sabía que en su casa mucho no le creían, así que prefirió soñar para sus adentros y se propuso encontrar solo la forma de escapar de su país.
Al cumplir los dieciséis, se le ocurrió que una alternativa podía ser en barco y la mejor forma de conocer el funcionamiento sería trabajando en el muelle. Después de varios días que él mismo hace un esfuerzo por olvidar, empezó a hacerse conocer y de vez en cuando le daban trabajo. Aunque normalmente solo le alcanzaba para la comida y con mucha suerte. Estuvo trece meses trabajando en el puerto. A su familia le había advertido que de un momento a otro tendrían noticias de él, pero desde España.
En el muelle conoció a Rashid. Ambos perseguían el mismo propósito. Durante la noche, dormían en unas cajas dentro de grandes galpones y allí planearon el viaje. Cuando creyeron que tenían todos los detalles cerrados, se decidieron. Esperaron hasta las 2.30 de la noche, casi arrastrándose para que no los vean, entraron a un barco y se metieron dentro de la chimenea. El barco iba rumbo a España. A las 6.00 zarpó a su destino. La idea era tan simple como ridícula, esconderse en la chimenea hasta llegar a destino. Los minutos eran eternos, al principio obviamente la chimenea estaba fría, pero poco a poco, empezó a calentarse. Estaban dispuesto a todo y una chimenea no podía cortarle la esperanza. Pasado medio día, Rashid no aguantó más. Ambos estaban quemándose vivo. Mohamed aseguraba aguantar todavía más tiempo. Rashid le propuso salir, diciéndole que tal vez pasarían desapercibidos y fueron a buscar en algún lugar, agua para pasarse sobre la piel ampollada. Los descubrieron, los llevaron ante el Capitán del barco que no escuchó ninguna suplica y los bajaron en Santa Cruz de Tenerife. Estuvieron en un centro de acogida, un mes después, salió la orden de repatriación, la aerolínea de Canarias, fue la encargada de devolverlos. El avión los bajó en el aeropuerto y allí tuvieron que buscar sus propios medios para regresar a Casablanca.
Mohamed aceptó su primer fracaso, pero al estar tan cerca de su sueño, nada le nublaría la vista. Volvió a trabajar en el puerto con la ilusión de encontrar una nueva forma de llegar a Europa. Se pasó otro año trabajando en el muelle observando con gran interés los areneros, los barcos que transportan arena en grandes contenedores, que son tapados con una lona grande. Llegó la nueva oportunidad. Siempre lo perseguía la misma pesadilla, que estaba en la chimenea, ardiendo, pero él seguía allí y se despertaba pensando que tal vez, solo, lo hubiera logrado, que se tuvo que bajar por su compañero Rashid. Ahora, sería diferente, estaba decidido, se largaría a la aventura sin compañía.
Una noche cuando el barco estaba aun en el muelle se subió sigilosamente y se zambulló dentro del contenedor de arena. Empezó a cavar rápidamente, necesitaba taparse antes que llegaran a colocar el toldo, porque lo descubrirían. Raspaba con desesperación, sus manos metían y lanzaban arena a los costados. Escuchó voces que se acercaban. No quedaba tiempo. Entró empujando, aguantó la respiración y se tapó entero. Escuchó que las voces ya estaban sobre su contendor, pisaron sobre la arena, él estaba debajo. Las pisadas aumentaron el ahogo, nunca pensó en salir, prefería morir allí, de una vez y no vivir cada día con esa ilusión de tontos llamada la esperanza. Al menos debía intentarlo hasta las ultimas consecuencias. Estaba sin aire. En una reacción desesperada abrió los ojos y se le llenaron de arena. Volvió a cerrarlos. Las voces se alejaban. Ya no respiraba. Las manos que tenía sobre su cabeza empezaron a escarbar. No hacía tacto con el aire. Inconscientemente trató de respirar pero la arena entró a los pulmones, le dieron ganas de toser pero tuvo que impedírselo, para no delatarse. Las manos raspaban sin fuerzas. Sintió el aire con la mano izquierda. Luego con la derecha. Escarbó desesperadamente hasta que la cabeza empezó a emerger desde la arena. Respiró. Tuvo que taparse la boca con fuerzas porque la tos empujaba. Salió pacientemente, se recostó sobre la arena y debajo del toldo. Ahora solo debía esperar. Navegando pasaron las horas. El sol calentaba la lona, trasladando ese calor insoportable a Mohamed quien reía pensando que peor se estaba en la chimenea. El barco llegó al Puerto de la Luz. Las Palmas de Gran Canaria. Al llegar la noche, con un cuchillo abrió la lona y salió del contenedor. Se arrimó al borde de la embarcación, midió el salto y se arrojó. El zambullón es algo característico en los puertos nadie le da importancia. Nadó hasta la orilla y se arrastró hasta estar seguro de no ser descubierto. Todavía no era tiempo de festejar. Se alejó de las luces y empezó a caminar tierra adentro. Ni bien encontró monte, se tranquilizó y sin detenerse caminó hasta el amanecer. Se sentía devorado por la ansiedad y su corazón rebosaba de alegría. Pero, ¿y ahora? Otro país, otra cultura, otra lengua, otra religión, otro mundo. En el muelle se esforzó por aprender algo de castellano y ese algo, le sería de mucha utilidad.
Comenzó a buscar trabajo. Cuando veía una casa, esperaba a ser atendido y decía: “busco trabajo”. Los sitios elegidos fueron Tafira Alta, Monte Lentiscai, San José, Vega de Entencio. Sin suerte, recibiendo toda clase de respuesta, en varias oportunidades no supo traducir lo que le decían, pero no era difícil interpretar una negación. Durmió dos noches en cualquier lugar. Hacía tres días que no comía. Reconoció en un principio que no hay peor dolor que el hambre, aunque es la mejor manera de no sentirse derrotado. Avanzada ya la tarde llegó a Santa Brígida, una localidad a unos 20 kilómetros del puerto. Después de preguntar en varios sitios. Un hombre sin muchas palabras y sin decir si le iba a pagar o no. Le dio trabajo en su campo. El oficio era entre varias actividades y cuidar las vacas.
Trabajó un año en el campo, no podía ahorrar dinero a pesar de hacer grandes esfuerzos. Un día, después de una discusión con otro bollero, quien le sacó un cuchillo y lo corrió amenazándolo y gritándole “moro de mierda”, se encontró sin lugar donde ir. En la casa de enfrente residía una familia que tenía también animales, pero se dedicaba especialmente a la panadería. Allí vivían dos hermanos, Laura y Juan. Sin otro recurso, Mohamed acudió a Laura, que era la única persona con quien solía conversar. Uno de los temas de dialogo eran que Laura, tenía apadrinado un niño del Sahara, habiéndolo traído y también viajado para conocer el campo de refugiado donde vivía. Se le dio trabajo en la panadería y se decidió “hacerle los papeles”, para que pueda trabajar legalmente en la isla. Dicha empresa no fue nada fácil, se presentaban y fueron rechazados en dos oportunidades, la tercera fue la vencida, pero no deja de ser meritorio el interés de la familia y la gran voluntad para que salgan.
Mohamed, empezó a despertar simpatía, Laura lo invitaba a salir con sus amigas. Un día lo llevaron a una de las playas y entregadas a las bebidas, las chicas se dejaron llevar por el entusiasmo y empezaron a desnudarse. Mohamed, optó por sentarse y mantenerse en la arena abrazado a sus pies. Allí lo conocí yo. Algunas de las chicas lo venían mirando con cariño, no dudaron en tratar de desnudarlo, pero él ofreció resistencia impidiéndolo terminantemente. Al otro día, Mohamed, no podía mirar a la cara a las aventuradas damas. En otra ocasión, Juan lo trajo a una despedida de soltero, aquí fue mayor su sufrimiento. Primero no quería mirar a la bailarina erótica que meneaba el cuerpo rozando la cara de Mohamed, después tuvo que tomar dos hielos en cada mano y deslizarlo suavemente por los pezones. Cuando ya todos estábamos borrachos, y viendo que continuamente le ofrecíamos cerveza y cubatas a Mohamed, pero se negaba. Lo recostamos en el suelo, le abrimos la boca y le hacíamos beber. Las salidas se repetían. A Mohamed lo llevábamos a todos lados, muy lentamente, lo fuimos adaptando a beber, a fumar y hasta se puso de novio con una chica del grupo.
Mohamed, experimentó un cambio, motivado por todos, primero recibió clases particulares de Laura, luego empezó a estudiar para aprender a leer y a escribir. Una perfecta relación con su novia, lo hizo conocer cosas nuevas. Nunca olvidó su religión y cada vez que había oportunidad nos contaba algo sobre el Islam, alentó también a leer el Coran. Incluso, fue en algunas ocasiones a Misa para comprender que se trataba.
Habían pasado cuatro años que no volvía a su país a visitar a su familia, después de ahorrar dinero, decidió hacer el viaje. Invitó a su novia insistentemente. Ella solo le contesto que no. Pero el verdadero motivo de su negación, era por no estar de acuerdo como se trata a las mujeres en aquel país. Obviamente estas eran solo deducciones, que nunca le comentó a él. Al mes volvió, con muchos regalos para todos. Lo notamos un algo raro. Bastante esquivo. Nos reunió a todos, incluida su novia y nos contó la sorpresa, lo habían casado. En su familia, ni siquiera sabían de su viaje, aun así, sus padres no tardaron en conseguirle esposa. Nos juró que intentó rechazarla, intentó explicarles que ya tenía una vida y una novia. Pero no lo entendieron, su familia también se esforzó por explicarle que si llegaba a rechazar a su prometida, todos ellos, iban a ser mal vistos y rechazados por el resto de la gente. A los cuatro meses la trajo a la isla, tiene un hijo, otro trabajo y hace muchísimo tiempo que no lo vemos.

4 comentarios:

hopi dijo...

muy bueno cuento alejandros
mohamed no gana para disgustos

Anónimo dijo...

vaya historia!!!

Anónimo dijo...

mirate esto gabrielcho, esta muy bueno

http://weblogs.clarin.com/almacen/

lenin dijo...

aunque no le cran el tincho ha lanzado su blog

http://eldiariodetincho.blogspot.com/