Me llamo Ricardo. Recuerdo perfectamente mi primer recaída. Fue cuando tenía 16 años, por una chica del colegio que me tenía profundamente enamorado desde hacía mucho tiempo. Costosamente un día tomé impulso y le declaré todo mi amor. Me rechazó de forma cortante y no dejó lugar para otro intento. Aunque lo más grave fue que a los dos días se arregló con mi mejor amigo, aquel que yo le había confiado todas mis intenciones con ella. El mundo se me caía encima. Estaba solo. No había colores, no había sabor, todo era triste, nada tenía sentido. Muy solo. La soledad es el peor sentimiento que existe. Pero no tenía valor para suicidarme, aun.
La segunda recaída fue más nefasta, como si aumentara con mi madurez. Había conocido a una persona que parecía que congeniábamos, que éramos el uno para el otro. Fueron dos meses excelentes, creía tocar el cielo con las manos. Pero de pronto, se fue a vivir a otro país, como si nada. Como si yo no existiera. Solo un adiós. Y se fue. Le rogué que se quedara. Nada. Su decisión estaba tomada. Se marchó. Me dejó. Otra vez solo. Esa helada soledad me clavaba puñaladas profundas, pausadas y persistentes. No estaba dispuesto a soportar otra depresión, el dolor era tan fuerte que moriría igual. Sabía que la muerte iba a llegar de un momento a otro y no tenía ganas de hacerla esperar. Me asomé por el bacón y sin pensarlo ni un minuto más me arrojé.
Caí. Mi cuerpo impactó en el medio de calle. Lo había logrado, ya estoy muerto. Pero hubo algo que no tuve en cuenta. Acá el frío no se va más. Todo es tan oscuro. Una especie de niebla lo cubre todo. Los párpados pesan. No se puede dormir. Cada vez que se intenta respirar un vapor entra y perfora los pulmones. Mi cuerpo tiembla todo el tiempo. Los dientes reclinan constantemente. Y lo peor de todo, es que estoy solo.
Después de.
La misión
Señor y amigo Don José Segundo Mendoza Arrieta,
que la Gracia de Dios, Nuestro Señor, lo ilumine
y lo guíe por siempre.
De mi mayor respeto y consideración:
Tal vez sea impertinente enviaros ésta carta, después de haber pasado tanto tiempo. No es que pretenda ahora, que cambie usted la opinión que tiene sobre mí. La cual entiendo por sobradas razones, no es propicia.
Necesito que disponga de unos breves minutos de su valioso tiempo para explicaros o mejor dicho, comunicaros los aclaraciones de cómo acabé en la actual situación.
Antes de comenzar tengo la imperiosa necesidad de dejaros en claro, que soy un creyente sin condiciones y la fe en nuestro señor es infinita y tan grande como la primera vez que la sentí. Lamentablemente, nada salió como esperábamos. Todas esos días completos donde planificábamos con minucioso detalle mi llegada a estas tierras, se cayó drásticamente al arribar.
Tengo conocimiento que usted ha sido informado constantemente y con suma cautela el acontecer de mi situación. Hoy, aprovechando que un viajero inesperado para usted, no para mí, llegará a Madrid, le acercará ésta correspondencia y podrá escuchar mi versión, la verdadera versión.
No puedo pediros el perdón de Su Santidad, ni tampoco su perdón. Simplemente deseo en estos momentos finales de mi vida, contaros con cada pormenor porque terminé escondido en algún lugar del amazonas, viviendo con lugareños que me han brindado un gran cariño y de lo cual no estoy arrepentido.
Recuerdo salir del puerto con la misión hacia el mundo nuevo. Como meta la recuperación de ese primer impulso de muchos años atrás donde sobraban los voluntarios para convertir al cristianismo a estas personas que sumidos en su ignorancia no habían podido conocer a nuestro señor. Con la fe en nuestro Señor sobre todas las cosas, el apoyo de los Reyes y de su Santidad, partimos con valerosos hombres dispuestos a sembrar, defender y fortalecer con todas las armas posibles, la única y verdadera fe.
Lamentablemente, ni bien llegamos a las nuevas tierras, la reciente ciudad donde nos esperaban aquellos hombres que en gran parte habían nacido ya, en ese lugar, la situación no era la esperada, los sacerdotes de las misiones anteriores habían fallecido, las razones que me dijeron fueron poco convincentes. El caos reinaba en aquel lugar, era una lucha sin descanso contra los indios, que según estuve leyendo en los apuntes del padre José Luis Aranda, un sacerdote enviado hace muchos años, en un principio se mostraron hospitalarios. Dichos apuntes me llevaron a comprender detalles para nada insignificantes de la situación que acabó tan trágicamente.
La crispación entre las dos razas, comenzó por varios puntos, uno de ellos es que los indios no estaban muy dispuestos en ver como estos “hombres de acero”, como lo suelen llamar en su idioma a nuestros soldados, por las armaduras que llevan, dispongan de las mujeres de éstos a gusto y placer. Otro punto, fue que la comida era escasa, las provisiones traídas de España eran mal administradas y nuestros soldados poco sabían de agricultura y caza. La misión primordial de nuestros hermanos fue abocarse en este tema, pero los soldados se negaban aduciendo que ellos solo debían dedicar su tiempo a la seguridad y defensa. Y el punto principal fue que al pasar el tiempo, los lugareños observaban, con gran suspicacia, que los visitantes no estaban de paso, hasta diría que comprendieron perfectamente nuestras intenciones. Estalló la guerra. Nuestras fortificaciones estaban muy bien preparadas, si se me permite decirlo ya que mis conocimientos de guerra son ínfimos. Pero por cada ataque de los indios, nosotros solo perdíamos uno o dos hombres o ninguna, contra tal vez veinte o más de ellos. Cabe aclarar que nuestras armas eran muy superiores y ellos solo tenían como ventaja una especie de ímpetu hacia la muerte. Aun así, los heridos se multiplicaban, los ataques de ellos también, los víveres escaseaban cada vez más y el capitán a cargo del cuartel decidió comenzar también a contraatacar. Esta decisión, tal vez tomada obligatoriamente dadas nuestras necesidades, convirtieron dicha estrategia de guerra en una masacre. Los indios nunca se habían preparado para defenderse. El capitán ordenaba dos grupos unos defendían y otro guiado por rastreadores, los seguían y atacaban sus asentamientos. Los trofeos, como ellos les llamaban, incluían comida, mujeres, niños y animales. Dejando reducido a cenizas su asentamiento. Incluso rematando todo ser que quedara moribundo.
Con respecto a la parte religiosa, nuestros anteriores hermanos, lograron muchos avances en este campo. Pero aun así, era muy difícil tratar con gentes que siempre creyó en muchos dioses, uno para cada situación o acontecimiento, siendo muy cuestionado por ellos que solo exista un solo Dios para todo, y más difícil era, explicarles lo de nuestra Señora. Debo confesarle que ellos se convertían al catolicismo, por temor a los látigos.
Entre tantas guerras, con los otros tres hermanos, decidimos establecer una empresa diferente, nos escapamos del cuartel y nos internamos en la selva para hallar alguna tribu. El objetivo era primero comprender su cultura y luego poder explicar la nuestra.
Al principio fuimos visto de forma sospechosa por la tribu en la cual hicimos contacto, pero con el tiempo comenzaron a aceptarnos. Eran numerosos y estaban muy bien organizados. Cada persona tenía su función y era respetado por ello. Algunos dedicados a la caza, otros a la agricultura, otros a cocinar, etc. Fue una gran emoción cuando nos aceptaron para formar parte de su tribu. Nuestra tarea era la agricultura. Con el tiempo, cuando ellos entendieron que podían confiar en nosotros, nos dejaban participar en las reuniones de los sabios, como ellos les llaman, que eran los más ancianos. Allí, fue donde conocimos muchísimas historias, contadas y transmitida, sobre todo, para dejar sus enseñanzas. Os contaré la que cambió nuestras vidas.
"Muchas lunas atrás, un gran jefe que todos veneraban, hacía cumplir la ley con mucha sabiduría, basándose en el poder que le otorgaron los dioses y siguiendo a sus antepasados. Nunca nadie se había rebelado, logrando una perfecta armonía. Éste, tuvo dos hijos. El mayor de ellos debía ser preparado, para sucederlo en el poder y dirigir con justicia. Este hijo, muy sabio e inteligente, comenzó a estudiar las escrituras y descubrió una interpretación diferente a como se venía aplicando e intentó cambiarla, para aplicarla como realmente era. Todos estaban desconcertados, no solo implicaba un cambio en la tradición, sino que eso demostraba que todos los grandes jefes anteriores habían obrado equívocamente. El padre trató, inútilmente, que su hijo se retractara. Aun siendo verdad su afirmación. El hijo, empecinado en que su interpretación era la correcta, siguió adelante con su proclama.
El hijo mayor murió al tiempo después, ofrecido en sacrificio. El hijo menor, obediente y dispuesto a no seguir el ejemplo de su hermano mayor, continuó con el mismo punto de vista que su padre. Con el tiempo, comenzó a resurgir, el nombre de aquel, que se atrevió a desafiar a todos, la tribu completa entró en rebelión contra su gran jefe, quien para volver a la armonía, debió aceptar la nueva interpretación."
Nosotros. ¿Quiénes somos? ¿El hijo mayor dispuesto a ofrecer su vida a cambio de lo que cree que es correcto? ¿O el hijo menor que por miedo sigue obedeciendo aunque no este bien? ¿Por qué pensamos que lo establecido es lo correcto? ¿Por qué pensamos que la razón está de nuestro lado e intentamos hacerla valer por medio de la fuerza?
Señor y amigo mío, no sé si he sido demasiado claro, desconozco más aun si me entiende, pero espero que por este medio, descubra que no fue un acto de insubordinación y mucho menos de abandono de nuestra religión.
Que Nuestro Señor proteja su gran sabiduría. Siempre suyo.
Juan Esteban Ruiz Sosa.