El primer día en el ambulatorio será difícil de olvidar. Si bien en las practicas se va adquiriendo experiencia, parecía como si me hubiese olvidado de todo. Había tanta gente que las sillas no alcanzaban, gente de pie y algunos hasta sentados en el suelo. Cada vez que abría la puerta para llamar al siguiente, sentía como las miradas de todas esas personas se desplomaban al no escuchar su nombre de mi boca. Hasta aguanté las ganas de ir al baño, para no perder ni un minuto. Llegué a atender a seis personas en una hora. Estaba agotada, pero aun así la sala siempre estaba repleta.
En los pacientes se advertían una gran cantidad de inmigrantes, pero quien más me llamó la atención fue una china, muy delgada y de contextura pequeña, su cuerpo bailaba dentro de la ropa tan holgada. No hablaba una palabra en castellano, intenté comunicarme en ingles, pero tampoco hablaba ese idioma. Ella pretendía explicarme entre gestos que tenía sueño, que estaba cansada. Busqué por todos los medios la forma de preguntarle dónde trabajaba, que hacía, pero me fue imposible. Abrí la puerta y pedí entre la gente algún chino que me sirva de interprete pero el único que había tampoco hablaba castellano. Lo que se me ocurrió hacer, fue darle cita para tres días después y le escribí en un papel que trate de venir con alguien que hable castellano o que me responda las siguientes preguntas. La palabra, “no”, le salía perfectamente, repitiéndola una y otra vez. Lo que no quería era una cita tan pronto. La revisé un poco, no encontrando ningún síntoma que llame mi atención y le di turno para la semana siguiente. No podía hacer más.
A la semana siguiente regresó, sola, y sin las respuestas que le había dado para contestarme. Continuaba diciéndome que estaba cansada. Intenté nuevamente peguntarle donde trabajaba, cuantas horas, si se alimentaba bien, sabiendo que mis preguntas eran en vano, las repetía una y otra vez, quizás por desesperación al no recibir respuestas. Le indiqué que espere un momento y salí en busca de otro profesional con más antigüedad que yo, que tal vez pudiera aconsejarme. El doctor Medina, al comentarle el caso solo dijo, “si trabajan veinte horas al día esos chinos, como quieres que no estén cansados, dale unas vitaminas”. Les entregué unas vitaminas que tenía de muestras, le hice una receta para cuando se le terminen pueda comprar más en la farmacia y le volví a escribir preguntas para que me traiga la próxima vez que venga. Me regaló una linda sonrisa. Se inclinó como saludan ellos y salió.
Habían pasado tres semanas y volví a leer su nombre en la lista de pacientes, admito que ya me había olvidado de ella. Entró, se sentó, tosió unas veces y se llevaba las manos al cuello. Tenía fiebre y lo primero que hice fue revisarle la garganta, encontré unas placas de pus, hice tacto en el cuello, sintiendo también unos ganglios. El diagnostico era una angina o faringitis aguda. Volví a escribirle lo que debía hacer, le receté un antibiótico para combatirla y deduje que aunque haya pasado mucho tiempo desde la primera vez que me visitó, es posible que haya estado encubando ésta enfermedad y por eso había sentido el cuerpo cansado.
Cada mañana, cuando llego al ambulatorio, lo primero que hago es darle un vistazo a la lista de pacientes y de nuevo encontré el nombre de la china. Tres días atrás la había atendido por la faringitis. Atendí a los que estaban antes, tal vez con demasiada rapidez para que llegara el turno de ella. Cuando abrí la puerta y dije su nombre, apareció entre la gente. Estaba tan delgada que no podía reconocerla, entró arrastrando los pies, los pómulos demasiado marcados, los ojos hundidos. No se quejaba. Ningún gesto. Le pedí que se quite la ropa. Tuve que ayudarla. Supuestamente debería estar preparada para una situación así, pero reconozco que casi me desmayo. Los pechos prácticamente habían desaparecido, las costillas impresionaban, sus brazos eran como una madera fina donde sus dedos eran cinco palillos. Tenía temor de tocarla fuerte. No sabía que hacer. Le miré la garganta y la faringitis se había curado completamente. Me quedé mirándola sin mirarla. Las fuerzas me abandonaron también a mí. Ella me miraba pidiendo ayuda con sus ojos tristes. No recuerdo cuanto tiempo paso hasta que me hizo señas de beber. Tenia sed. Fui y busqué un vaso con agua. Lo bebió desesperadamente. Me pidió más. Le traje más y mientras ella bebía su segundo vaso, comprendí. Le pregunté, siempre con señas, si orinaba mucho, asintió. Posible Diabetes Tipo 1. Ordené una muestra de sangre con carácter urgente. Le pedí que no se fuera y que esperara los resultados.
Luego de llegar los resultados que confirmaron mi diagnostico. Le dimos una dosis de insulina y con otros dos profesionales intentamos explicarle el tratamiento, que al final terminamos escribiéndoselo.
No obtuvimos noticias de ella en dos meses y medio, hasta que un día sonó el teléfono móvil, atiendo y era una colega. Me daba la noticia que había atendido a mi paciente y no tenía diabetes. Imposible. Le pedí que la retenga sin que se de cuenta y llegué lo más rápido que pude al Ambulatorio. Confirmé mi sospecha, no era la misma. Denunciamos el caso a la policía. Se sumergieron en una intensa búsqueda. Pero se la halló demasiado tarde. Había fallecido de diabetes días atrás.
Estuve tiempo sin poder sacarme aquella chica de mi cabeza. Por más que entendía la explicación que me dio la Policía, no terminaba de cerrar lo sucedido. La salud es gratuita para todos en este país, aun. Dos chinas, se atendían con la misma tarjeta sanitaria. Creo que solo porque no tienen a nadie que les explique como funciona o que justamente haya alguien que no quiera explicarles como funciona.