Enredado en su telaraña

La conoció una mañana de primavera, caminaba hacia él con marcados movimientos de caderas que la distinguían de sus amigas. Los presentaron formalmente. En un primer momento la vio como una chica mas. Pero lue-go al entablar conversación, había algo miste-rioso en ella que lo volvía loco. Una mezcla de ángel y demonio. Pasaba de la absoluta timi-dez al descaro total. De la risa descomunal a la tristeza preocupante. Él, le mostró su sim-patía y caballerosidad y, sin dejar pasar el tiempo, después de analizarla detenidamente, utilizó la técnica de conquista más acorde con la situación. Ella la recibió con gusto.
Él siguiente paso fue la delicada oferta de sexo garantizado. Ella aceptó encantada.
Le vendó los ojos, le ató las manos, le decoró el cuerpo con nata, sistema que siempre le resultó eficaz. Ella disfrutó como hacía mucho tiempo no lo hacía. Llevando a la má-xima expresión ese dualismo interno. Explo-siones de placer intercaladas con desplomes depresivos. Luego, él la enjabonó, la bañó, la secó y la volvió a enjabonar. Le acarició con suaves movimientos su cuerpo desnudo, con tanto cuidado como si se fuera a romper. Comenzó a darse cuenta, que nunca había dis-frutado tanto.
No fue la única noche que pasaron jun-tos. Él se creó la necesidad de aportar a cada nueva aventura una nueva variante erótica. Ambos esperaban deseosos otro encuentro y cada vez que se despedían, lo hacían pensando cual sería la próxima sorpresa. Se habían qui-tado ese tabú que los llevaba a poder confundir la pasión con la pornografía o el morbo. Dis-frutaban sin más.
Pero el sexo tiene límites. Él lo sabía, tenía miedo de encontrarse con esa pared que le dijera basta. Pensando que podía perderla, cambió de rumbo. Él quiso conquistar su cora-zón, podía ser un caballero de esos que saben hacer sentir a una mujer como una verdadera reina. Escuchaba atentamente sus gustos y los cumplía al pie de la letra. La relación pasó de unas pocas horas de sexo a largos días de no-viazgo empalagoso. Ella en un principio estaba impresionada, guiándose por los supuestos va-lores de una relación ideal.
Y él fue más lejos aún, un día le dijo “yo te daré todo aquello que no se pueda com-prar y lo que ningún otro hombre te conse-guirá”. Le escribió sus mejores poesías. Le prometió hasta esas cosas que siempre supo que no debía prometer. Iba tejiendo así, cau-telosamente, una red. Estaba todo dispuesto para que cayera y nunca más pudiera salir de allí. Una espléndida telaraña.
Ella se sintió asfixiada por ese hombre. Cortó la tela con tanta simplicidad que él ni siquiera lo presagió. Escapó. Desapareció. No dejó rastros. Él peregrina aun buscándola por los más absurdos rincones y sin duda pasará su vida buscándola.