Hacía cuatro semanas que buscaba empleo. Se levantaba a las nueve de la mañana, compraba el periódico, marcaba todos los trabajos que le parecían interesantes. Luego llamaba, acudía a las entrevistas concertadas y nada. No estaba mal de dinero, sus padres le giraban cada mes desde Madrid una suma respetable, pero ella quería lo suyo. Al principio era bastante selectiva, pocas horas, de mañana, trabajo cómodo, cerca de su domicilio y bien pagado. Terminó aceptando el primer trabajo que le salió, en un restauran, aunque solo duró tres días.
Volvió a los anuncios. La sedujo otro de camarera, para el que pedían solo buena presencia y ofrecían excelente sueldo. Acudió a la entrevista. Comenzaba al día siguiente. El sitio era un club nocturno con hombres bien vestidos, chicas bailando sobre las barras, mucha clase, mucha música, mucho humo, mucho sexo, pero su trabajo era servir copas. En la entrevista le habían aclarado “no vas a hacer nada que no quieras” y para ella era una cláusula sagrada.
Poco a poco, entendió que debía adaptarse al ambiente y se tuvo que vestir con una falda muy corta, una camiseta que mostraba los hombros y peinada a lo salvaje. A la vez, su mayor regocijo y hasta la justificación de seguir en ese empleo, se debía a la presencia de un joven de unos 35 años que frecuentaba el lugar, pero nunca se lo veía con chicas. De forma involuntaria, siempre terminaba buscándolo por todo el local, aunque cuando sus miradas se cruzaban, su timidez le ganaba la batalla al coraje y agachaba la cabeza. Él percatándose de la situación se acercaba lento a la barra a buscar su whisky de cada día.
—¿Sabes lo que quiero? —dijo una de esas noches.
—Un whisky con hielo —contestó ella.
—Sí. Muy bien ¿Sabes cuál es mi curiosidad?
—No.
—Intenta descubrir que me gustaría saber…
—Mi nombre, tal vez...
—Por favor. El mío es Carlos.
—Elisa.
—Mira, Elisa, voy a ser muy sincero contigo. Como verás, vengo muy seguido y siempre me siento en un rincón, solo, con mi whisky. Hace muchos meses que no cambio esta rutina. Pero hoy, algo me hizo romperla, contra mis principios y mi voluntad ¿Sabes por qué rompí mi rutina?
—Por… por mí —dijo con una voz resquebrajada que intentaba ocultar su euforia.
—Exacto ¿Sabes qué es lo que me llamó la atención de ti?
—No. No sé.
—Prueba. Trata de decirme qué me podría haber gustado de ti.
—No sé. Tal vez... no sé.
—Por favor...
—Está bien —dijo apoyándose sobre la barra, pretendiendo ocultar el temblor de sus manos—. Tal vez, mis piernas. Aunque no creo, porque como estoy detrás de la barra, no creo que me hayas visto las piernas.
—Claro que sí. Nunca vi unas piernas tan perfectas.
—Estuve dudando si ponerme esta falda. Tenía otra más larga, también otra de color verde militar. Pero no. Me decidí por esta. Veo que no he hecho mal.
—Perfectas. Perfectas —la interrumpió Carlos.
—Siempre pensé que algún día alguien se interesaría por mis piernas, pero hasta hoy nadie me había dicho nada.
—Escucha, Elisa. Aquí hay mucho ruido. Me agradaría poder hablar más íntimamente. Ambos sabemos que hay habitaciones para estar más tranquilos. Buscamos al encargado y le pedimos la mejor ¿Qué te parece?
Elisa se quedó paralizada, no sabía que hacer. Si bien se moría de ganas, ella no era una prostituta. Lo tenía bien claro, si lo hacía era por placer, no por dinero.
—Disculpa, Carlos —dijo Elisa—. Tal vez me has confundido, pero yo solo trabajo de camarera, nada más.
—¿Cómo? O sea que no vamos a la habitación.
—Es que yo, solo estoy para servir copas.
—Si quieres, hablo con alguien para que te dejen venir. No creo que tengan problemas. Además soy un buen cliente y nunca he pedido nada. Ah, claro. Ahora entiendo ¡Qué tonto! Mira, te hago el siguiente planteo. Veo y en-tiendo que no eres como estas chicas. Pero me gustaría pasar a la habitación contigo, aunque no hagamos nada, para hablar más tranquilos. De todos modos, pago lo que haya que pagar, por el dinero no hay problemas.
A los diez minutos, estaban revolcándose en la “suite empresarial”, la habitación más cara del bar. Elisa se admiró de la perfección del cuerpo de Carlos, y estuvieron tres intensas horas donde todo valía, primero con muchas caricias, ternura, suavidad; después con fuerza, pasión, energía. Y por último, un baño relajante. Elisa no podía creer la gran aventura que había tenido, pensaba que todo había pasado gracias a su falda corta y a sus seductoras piernas. Recordaba que, encima de todo, estaba en horario de trabajo y eso le provocaba una carcajada estrepitosa.
Se había hecho la hora de cerrar, el encargado se acercó a Elisa. Le pagó lo acordado, más un dinero extra que le correspondía por su aventura. Ella iba a decirle que no era necesario, que lo había hecho con gusto. Pero no. Se encogió de hombros y tomó el dinero.
Al día siguiente, acudió nuevamente a su trabajo con una sonrisa como hacía mucho tiempo no tenía. Entró al local. Fue a su barra, buscó en el rincón a Carlos y allí estaba con su vaso de whisky. Suspiró. Sonrió. Pero él no la miraba. Los minutos se hacían eternos, no dejó de clavar la mirada en Carlos, sin encontrar respuesta. Se puso de espaldas a la barra y limpió sus lágrimas con un pañuelo.
Se le acercó una de las tantas chicas que trabajaban en el bar.
—Hola, Clara —dijo Elisa—. ¿Por qué no vi-niste ayer?
—Mi hijo. Se encontraba mal. Pero por suerte ya está bien.
—Mejor así —contestó distraída Elisa sin dejar de observar al rincón.
—Por lo que noto, estás mirando mucho a Carlos —agregó Clara—. Te advierto que ese hijo de puta es amigo íntimo del jefe y fue el que me inició en todo esto, haciéndose el romántico, hace un año cuando empecé detrás de esta barra con la idea de solo servir copas. Cuando Clara se alejó de la barra, Elisa quiso romper a llorar, pero sus lágrimas estaban contenidas por un enorme odio. Fue al baño, con sus manos se arregló el cabello, se pintó los labios de un rojo intenso. Si acostarme con ese hombre —pensó— fue un error bien remunerado, entonces, serán muchos los errores remunerados que vendrán. Se levantó más la falda llevándola a un límite peligroso, volvió a seguir sirviendo copas y dispuesta a coquetear con todo el mundo.
Volvió a los anuncios. La sedujo otro de camarera, para el que pedían solo buena presencia y ofrecían excelente sueldo. Acudió a la entrevista. Comenzaba al día siguiente. El sitio era un club nocturno con hombres bien vestidos, chicas bailando sobre las barras, mucha clase, mucha música, mucho humo, mucho sexo, pero su trabajo era servir copas. En la entrevista le habían aclarado “no vas a hacer nada que no quieras” y para ella era una cláusula sagrada.
Poco a poco, entendió que debía adaptarse al ambiente y se tuvo que vestir con una falda muy corta, una camiseta que mostraba los hombros y peinada a lo salvaje. A la vez, su mayor regocijo y hasta la justificación de seguir en ese empleo, se debía a la presencia de un joven de unos 35 años que frecuentaba el lugar, pero nunca se lo veía con chicas. De forma involuntaria, siempre terminaba buscándolo por todo el local, aunque cuando sus miradas se cruzaban, su timidez le ganaba la batalla al coraje y agachaba la cabeza. Él percatándose de la situación se acercaba lento a la barra a buscar su whisky de cada día.
—¿Sabes lo que quiero? —dijo una de esas noches.
—Un whisky con hielo —contestó ella.
—Sí. Muy bien ¿Sabes cuál es mi curiosidad?
—No.
—Intenta descubrir que me gustaría saber…
—Mi nombre, tal vez...
—Por favor. El mío es Carlos.
—Elisa.
—Mira, Elisa, voy a ser muy sincero contigo. Como verás, vengo muy seguido y siempre me siento en un rincón, solo, con mi whisky. Hace muchos meses que no cambio esta rutina. Pero hoy, algo me hizo romperla, contra mis principios y mi voluntad ¿Sabes por qué rompí mi rutina?
—Por… por mí —dijo con una voz resquebrajada que intentaba ocultar su euforia.
—Exacto ¿Sabes qué es lo que me llamó la atención de ti?
—No. No sé.
—Prueba. Trata de decirme qué me podría haber gustado de ti.
—No sé. Tal vez... no sé.
—Por favor...
—Está bien —dijo apoyándose sobre la barra, pretendiendo ocultar el temblor de sus manos—. Tal vez, mis piernas. Aunque no creo, porque como estoy detrás de la barra, no creo que me hayas visto las piernas.
—Claro que sí. Nunca vi unas piernas tan perfectas.
—Estuve dudando si ponerme esta falda. Tenía otra más larga, también otra de color verde militar. Pero no. Me decidí por esta. Veo que no he hecho mal.
—Perfectas. Perfectas —la interrumpió Carlos.
—Siempre pensé que algún día alguien se interesaría por mis piernas, pero hasta hoy nadie me había dicho nada.
—Escucha, Elisa. Aquí hay mucho ruido. Me agradaría poder hablar más íntimamente. Ambos sabemos que hay habitaciones para estar más tranquilos. Buscamos al encargado y le pedimos la mejor ¿Qué te parece?
Elisa se quedó paralizada, no sabía que hacer. Si bien se moría de ganas, ella no era una prostituta. Lo tenía bien claro, si lo hacía era por placer, no por dinero.
—Disculpa, Carlos —dijo Elisa—. Tal vez me has confundido, pero yo solo trabajo de camarera, nada más.
—¿Cómo? O sea que no vamos a la habitación.
—Es que yo, solo estoy para servir copas.
—Si quieres, hablo con alguien para que te dejen venir. No creo que tengan problemas. Además soy un buen cliente y nunca he pedido nada. Ah, claro. Ahora entiendo ¡Qué tonto! Mira, te hago el siguiente planteo. Veo y en-tiendo que no eres como estas chicas. Pero me gustaría pasar a la habitación contigo, aunque no hagamos nada, para hablar más tranquilos. De todos modos, pago lo que haya que pagar, por el dinero no hay problemas.
A los diez minutos, estaban revolcándose en la “suite empresarial”, la habitación más cara del bar. Elisa se admiró de la perfección del cuerpo de Carlos, y estuvieron tres intensas horas donde todo valía, primero con muchas caricias, ternura, suavidad; después con fuerza, pasión, energía. Y por último, un baño relajante. Elisa no podía creer la gran aventura que había tenido, pensaba que todo había pasado gracias a su falda corta y a sus seductoras piernas. Recordaba que, encima de todo, estaba en horario de trabajo y eso le provocaba una carcajada estrepitosa.
Se había hecho la hora de cerrar, el encargado se acercó a Elisa. Le pagó lo acordado, más un dinero extra que le correspondía por su aventura. Ella iba a decirle que no era necesario, que lo había hecho con gusto. Pero no. Se encogió de hombros y tomó el dinero.
Al día siguiente, acudió nuevamente a su trabajo con una sonrisa como hacía mucho tiempo no tenía. Entró al local. Fue a su barra, buscó en el rincón a Carlos y allí estaba con su vaso de whisky. Suspiró. Sonrió. Pero él no la miraba. Los minutos se hacían eternos, no dejó de clavar la mirada en Carlos, sin encontrar respuesta. Se puso de espaldas a la barra y limpió sus lágrimas con un pañuelo.
Se le acercó una de las tantas chicas que trabajaban en el bar.
—Hola, Clara —dijo Elisa—. ¿Por qué no vi-niste ayer?
—Mi hijo. Se encontraba mal. Pero por suerte ya está bien.
—Mejor así —contestó distraída Elisa sin dejar de observar al rincón.
—Por lo que noto, estás mirando mucho a Carlos —agregó Clara—. Te advierto que ese hijo de puta es amigo íntimo del jefe y fue el que me inició en todo esto, haciéndose el romántico, hace un año cuando empecé detrás de esta barra con la idea de solo servir copas. Cuando Clara se alejó de la barra, Elisa quiso romper a llorar, pero sus lágrimas estaban contenidas por un enorme odio. Fue al baño, con sus manos se arregló el cabello, se pintó los labios de un rojo intenso. Si acostarme con ese hombre —pensó— fue un error bien remunerado, entonces, serán muchos los errores remunerados que vendrán. Se levantó más la falda llevándola a un límite peligroso, volvió a seguir sirviendo copas y dispuesta a coquetear con todo el mundo.